viernes, 28 de julio de 2017

El tesoro, la perla y la Magdalena.

Jan Cossiers, Jesús se aparece a Maria Magdalena (1650) óleo sobre tela, 
Iglesia de San Antonio de Padua, Amberes (Bélgica) 
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Jesús habla del Reino de los cielos y lo compara con algo que todos van a entender perfectamente: el tesoro escondido que un hombre encuentra, una la perla que un comerciante descubre y una red llena de peces que recoge gozosamente un pescador. En los tres momentos hay una reacción clara: hay que vender todo para lograr el tesoro, para comprar la perla. Y hay que hacerlo rápida y gozosamente porque lo que se va a conseguir con aquella venta supera en mucho lo vendido. Esta es quizá la postura del hombre y la mujer que se han encontrado con Dios en algún momento de su vida. En otras palabras: debemos quedarnos tan ilusionados, tan contentos que no hemos de dudar en preguntarnos qué tenemos qué vender, qué dejar o qué cambiar con tal de encontrarnos con el Señor. Los cristianos conocemos a Dios de la mano de Jesús, es verdad, pero si alguien nos observa en nuestro día a día ¿podría decir que en nuestra existencia se ha producido un acontecimiento gozoso que nos ha cambiado profundamente? Quizá piensen que nuestra fe es más bien un conjunto de prohibiciones y preceptos pesadísimos, el cumplimiento de una aburrida liturgia los domingos y nada más. Si nosotros no somos conscientes de que Dios y sólo Él es la fuente de nuestra paz y de nuestra alegría, y que es Él quien da sentido a las prácticas de nuestra fe, no vamos a estar dispuestos a dar nada a cambio de Él, y nuestra fe seguirá siendo monótona y sin contenido. El problema que tenemos los cristianos es que no nos hemos encontrado personalmente con Jesús[1]. Papa Benedicto nos animó muchas veces reflexionar en esta idea: “el centro de la existencia, aquello que da sentido pleno y firme esperanza al camino, a menudo difícil, es la fe en Jesús, es el encuentro con Cristo (…) No se trata de seguir una idea, un proyecto, sino de encontrarlo como una Persona viva, de dejarse implicar totalmente por él y por su Evangelio"[2]. Nuestra fe no es una idea, o un proyecto o una construcción. Es una persona: Jesucristo. El está presente y vivo. El nos dio la existencia y él nos dará la eternidad. Nos acogerá en un encuentro ¿cómo decirlo? Pues como difícil de explicar, pero pa'entendernos será algo parecido a aquel que hace siglos tuvieron Jesús y Magdalena junto al sepulcro vacío. Ella estaba desolada y confusa, creía que aquel hombre era un hortelano que se había llevado el cuerpo de quien tanto amaba, y sin casi sin mirarle le pregunta dónde ha puesto el cuerpo que estaba en el sepulcro. Aquel hombre sencillamente dice su nombre-María- y ella vuelve la cabeza enloquecida. Si una mujer ha llorado de alegría alguna vez, si alguien sabe qué significa estallar de gozo y de felicidad, tuvo que ser ésta. Bueno, pues algo parecido nos sucederá a nosotros: en el momento que pensemos que todo se ha hundido para siempre, que nuestro sepulcro está vacío y que nada tiene sentido, Alguien junto a nosotros pronunciará nuestro nombre y ¡qué locura!, ¡el pecho estallará y nuestros ojos serán fuegos artificiales de alegría! Y una eternidad llena de lágrimas de alegría y gratitud. Sí: Jesús está siempre cerca. Muy cerca • AE


[1] A. M. CORTES, Dabar, 1987, p. 39
[2] Angelus en Castel Gandolfo el 5-VIII-2012. 

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