miércoles, 19 de julio de 2017

(Habemos) De todo, como en botica.


En la vida diaria hemos de enfrentar muchas incomprensiones y rivalidades y si además nos sentimos –como de hecho sucede entre muchos de nosotros- poseedores de la verdad y excluimos a los demás de la mínima parte de ella, ¡vaya situación más difícil! Poco a poco hemos ido desconociendo la grandeza de lo esencial para centrarnos en la pequeñez de lo opinable e intrascendente. Así es que nos hemos ido convirtiendo en comunidades de fe que a veces no tienen el testimonio del amor; en cristianos que recibimos a Jesús en la comunión pero con recelos y enfrentamientos constantes, en seres humanos llenos de exclusiones y excomuniones ¡Qué fácil es ser hijo de Dios sin consecuencias humanas, y qué fácil ser hermano de unos hombres lejanos y desconocidos! ¿Qué Iglesia quiere el Señor? ¿Qué Reino quiere que construyamos? El Reino de Jesús se nos presenta en el Evangelio de este domingo, a través de la parábola, como una comunidad de justos y pecadores, como una gran familia de buenos y malos, como un gran campo de trigo y de cizaña[1]. Si esa comunidad la hacemos nosotros, ¿por qué no nos damos cuenta de esa realidad que llevamos dentro?, ¿por qué no comprendemos que, al incorporarnos a esa comunidad lo hacemos con nuestras obras buenas y malas, con nuestros pecados y virtudes, con nuestra buena semilla y nuestra parte de cizaña? Pertenecemos a una Iglesia de pecadores, de gente que necesita la medicina del Médico y el Pan para el camino. Esto debería alegrarnos. Formamos parte de una Iglesia a la que Dios ama por santa y por necesitada de perdón. El mensaje del Jesús es claro: no somos nosotros quiénes para juzgar, ni quién para arrancar[2]. Sólo el Señor, dueño del campo, distingue entre nosotros la cizaña y el trigo. Y Él siempre espera. No quiere la expulsión del malo o equivocado antes del juicio final. Su opción es por la convivencia, por la comunidad, por el amor mutuo que lleva a la superación de criterios distintos, de actitudes y opciones diversas, esperando el juicio tan sólo de un Dios que es Amor. ¿No cuestiona nuestras vidas esta parábola? ¿No cuestiona también en quienes formamos parte de la jerarquía de la Iglesia los sermones atronadores y las condenas que por  siglos hemos predicado? ¿No sugiere actitudes de comprensión y de misericordia? Todos tenemos experiencia de lo mucho que cuesta convivir, del esfuerzo que supone la aceptación del otro y del sacrificio que implica la comunión eclesial. Buena cosa sería invocar todos juntos a  Espíritu del que nos dice san Pablo que viene en ayuda de nuestra debilidad y que intercede por nosotros con gemidos inefables. De Él esperamos la fuerza necesaria para vivir comunitariamente esa vida nueva de miembros de un solo cuerpo, el de Cristo resucitado • AE 


[1] Cfr. Mt 13,24-43.
[2] Es el mismo mensaje que concretará san Pablo en su primera carta a los Corintios: "No juzguéis nada antes de tiempo; esperad a que llegue el Señor. Él sacará a la luz lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los motivos del corazón. Entonces cada uno recibirá su calificación de Dios" (4,5).

No hay comentarios:

Publicar un comentario